En su última campaña, la ultra derecha—hoy en el gobierno bajo el liderazgo de José Kast— levantó un relato simple y eficaz: el Estado estaba capturado por ineficientes, “parásitos” que vivían a costa del esfuerzo de los Chilenos. Ese discurso, repetido hasta el cansancio, se instaló como bandera política, prometiendo mérito, austeridad y probidad. Hoy, esa narrativa se cae. El contrato de Alejandro Irarrázaval, amigo personal del Presidente y jefe de asesores del Segundo Piso, no es solo una cifra escandalosa —más de $85 millones por nueve meses— es la expresión de una forma de gobernar donde la cercanía política pesa más que la transparencia y la ética pública. No se trata de un trabajador cualquiera, sino del “gerente general” de Kast, un operador político clave en la instalación de un gobierno desconectado. ¿Dónde quedó la promesa del Estado de emergencia? ¿Cuándo la crítica al “Estado en quiebra” derivó en contratos multimillonarios para el círculo íntimo del presidente? La contradicción es evidente. Mientras se pagan sueldos que rozan el límite legal, se intenta avanzar —casi por la puerta trasera— en una “ley miscelánea” que, bajo la excusa de la reconstrucción tras incendios, introduce un caballo de Troya. Una reforma tributaria encubierta y regresiva, que golpea a la mayoría de la población mientras protege y resguarda los intereses de los grandes grupos económicos, incluyendo al Presidente y algunos de sus ministros. El mismo Presidente trivializó el dolor de comunidades afectadas por los incendios con comentarios como el de “los naranjillos”, hoy pretende capitalizar la tragedia. No hay pudor. No hay coherencia. No hay humanidad. Sólo hay un profundo interés económico y una total desconexión con lo que Chile necesita. La pregunta es inevitable: si quienes denunciaban a los “parásitos del Estado” hoy se benefician de él, ¿quiénes son y han sido realmente los parásitos? Porque aquí no solo hay sueldos altos, sino también redes empresariales y conflictos de interés. Es el viejo Chile: lo público al servicio de lo privado. La indignación es necesaria. Pero no basta con denunciar. Es urgente organizar y disputar el sentido común. Mientras no cuestionemos este modelo, los “gerentes” seguirán administrando el Estado como su caja pagadora, y la ciudadanía seguirá sufriendo las consecuencias. La historia nos ha enseñado algo claro: cuando la derecha habla de orden, muchas veces se refiere al orden de sus privilegios. Y cuando habla de austeridad, nunca es para ellos. Chile no se caía a pedazos, ahora sí, caen pedazos de sueldos a los amigos y empresarios de Kast.